Cuando la maternidad te rompe… y te reconstruye más fuerte.
Mi historia, mi verdad
Ser mamá a los 20 años no estaba en mis planes. No era ese sueño perfecto que pintan en redes, ni la historia color rosa que muchos repiten sin haberla vivido. Fue un golpe de realidad: miedo, incertidumbre y un “¿ahora qué?” que se repetía en mi cabeza día y noche.
Pero también fue el inicio de la versión más fuerte, más capaz y más valiente de mí misma.
Durante los primeros meses después de que nació mi hijo, estuve desempleada. No fue fácil. Entre pañales, desvelos y esa mezcla rara de amor profundo con cansancio extremo, yo sentía que el mundo seguía corriendo mientras yo me quedaba quieta. Pero no me rendí. A los seis meses conseguí un trabajo que me cambió la vida: viajaba de lunes a domingo desde mi pueblo hasta Medellín. Dos años enteros con ese ritmo. Agotador, sí. Pero también transformador.
Y es que, aunque muchos la romantizan, la maternidad es dura. Es hermosa, claro. Hay amor, hay compañía incondicional, hay momentos que llenan el alma. Pero al mismo tiempo hay días pesados, caos, frustración, llanto, miedo… Y está bien. No todo tiene que verse perfecto para ser valioso.
Si algo aprendí es que ser mamá no es un obstáculo para cumplir sueños. Es un límite, sí, porque el tiempo cambia, tus prioridades también y tu energía no es la misma. Pero límite no es sinónimo de renuncia: es aprendizaje, estrategia, fuerza, disciplina y creatividad.
La maternidad no me frenó: me empujó.
Me sacó habilidades que ni sabía que tenía. Me hizo mentalmente más fuerte, físicamente más resistente y emocionalmente más sabia. Y hoy, con toda sinceridad, siento que si no fuera mamá, no sería la mujer que soy. Mi hijo no solo me acompaña: me impulsa.
Esto es lo que quiero contar en mi blog. Una maternidad real, sin adornos, sin culpas, sin máscaras. Una maternidad donde se llora y se ríe, donde se cae y se levanta, donde el amor es gigante, pero el cansancio también. Una maternidad imperfecta, pero profundamente auténtica.
Porque al final, ser mamá no me quitó nada. Me dio todo lo que necesitaba para convertirme en mi mejor versión.



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